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Carnaval toda la vida

Conversamos con Julio "Kanela" Sosa, vecino del Cerrito de la Victoria y figura del carnaval uruguayo.

En una antigua casona del barrio Reducto hace meses se palpita la llegada del Carnaval. Mientras en la vereda  se calientan las lonjas, en el patio interno todo está armado para comenzar.  Los micrófonos están conectados, los músicos prueban el sonido, las bailarinas esperan la señal de inicio. Quedan tan solo unos pocos días para el comienzo del Concurso Oficial y del Desfile de Llamadas.
Minutos después empieza el ensayo. La potencia de los tambores y el virtuosismo de las mujeres captan toda la atención, aunque de vez en cuando las miradas parecen posarse en una única figura. Pocos creerían que ese hombre de gran vitalidad tiene 79 años y más de 60 dedicados al Carnaval. Sentado frente al espectáculo, algunos pocos gestos y comentarios bastan para hacer sentir su presencia. Julio "Kanela" Sosa nos recibió en el Club Barracas, donde ensayan la comparsa "Tronar de Tambores" y la Revista “Eskándalo”, que lo tienen como director. "Llegan temprano, pero nada de apuros", comenta sonriendo.


De Nico Pérez al Cerrito de la Victoria

Nació en Lavalleja en 1933, pero su infancia y gran parte de su adolescencia transcurre en la localidad floridense de Nico Pérez. Su niñez fue una época dura y siendo un adolescente se escapa para probar suerte en la capital. “Mi infancia fue como la de todo chico pero un poco mas sufrida debido a haber nacido en el campo sin recursos. En 1944, cuando me vengo a Montevideo, viví cerca de la estación de AFE. Buscaba una pensión donde quedarme porque no teníamos nada aún. Vine a probar la vida y echarle para adelante”, señala.

¿Cómo viviste ese cambio?
Yo creo que fue un susto. Como que llegaras ahora, te metieras en los trenes de New York y no supieras para dónde vas a agarrar.

¿Te adaptaste rápido?
Costó adaptarse porque eran otras las circunstancias. Venía con otra educación, otra preparación. Estaba preparado para cosas del campo.

¿Cuándo llegas al Cerrito de la Victoria?
Al Cerrito llego en el año 1949.

¿Cómo era el barrio en ese entonces?
Era un barrio bastante bravo comparado a lo que es hoy. Estaba rodeado de prostíbulos y cuarteles. También había buenas familias que vivían en la zona, quinteros, tamberos. Era una época donde el Cerrito comenzaba a manifestarse como barrio.

Ojos negros, piel canela

¿Cómo te iniciaste en el Carnaval?
En realidad fue por accidente. Comienzo como pasamanero, armador de maillot (malla entera) y  bordador en los cabaret. Hasta que conozco la figura de la "Negra Johnson" (Gloria Pérez Bravo). Ahí comenzó mi vida en el Carnaval, porque mi vida había comenzado bailando en el cabaret.

De allí viene tu apodo “Kanela”...
El apodo viene después cuando, también por un accidente de la vida, Agustín Lara y su compañía mexicana llegan al Uruguay. Yo no sabía quiénes eran y me invita porque se había enfermado el primer bailarín.  Me hablan para hacer en el Teatro 18 de julio el espectáculo "Piel canela", que era de Lara. Es ahí donde lo conozco. Luego me entero que era el marido de María Fénix, autor de "María Bonita", "Granada", "Júrame", de grandes temas. De ahí me quedó el apodo porque me lo dio él. Estando en el camarín me preguntó cómo me llamaban. De chico me decían "Tabú", así que me dijo "ahora te van a decir 'Piel canela'”, porque salvé el espectáculo. Yo era muy audaz, salía semidesnudo.

En el imaginario colectivo quedó asociado tu nombre al conjunto “Kanela y su Barakutanga”...
Eso se crea en los años 60. Yo vengo de la comparsa “Fantasía negra” siendo primer bailarín y coreógrafo durante 10 años. Hasta que formo mi primer conjunto: “Kanela y su Barakutanga”.

Estuviste 34 años con ese conjunto, ¿cómo fue esa época?
Maravilloso, porque fueron años de lucha. Eran momentos muy difíciles, donde no se contaba con apoyos de la Intendencia sino con premios extra que daban, monedas que se juntaban. Fuimos tratando de crear cosas, porque las comparsas eran tambor, chancleta y vino. Era algo muy distinto a lo que es hoy. Hoy es la cultura. En cualquier zona, ya sea Carrasco o Pocitos, es un hobbie. En cualquier rincón hay un tambor que trae consigo el logro de haberlo sacado afuera al mundo.

En el 2002 surge “Tronar”...
Surge debido a esos momentos que uno tiene. Estábamos en la rambla, vimos un trueno y buscábamos un nuevo título. Ese es el título: “Tronar de tambores”.

Con la comparsa llevan muchos primeros premios...
Si, hemos acumulado varios primeros premios. En el Teatro de Verano logramos un quinquenio a la mejor cuerda de tambores.

¿Cómo manejan la presión de los primeros premios a la hora de armar el espectáculo?
La presión está en cuanto a que si vos ganás, el público te exige más y no te perdona nubes. Este año nos toca abrir las Llamadas, somos ganadores del año anterior y eso es una gran presión.

Chico, repique, piano y máquinas de coser

Vos te definís como un “obrero de tu comparsa”, ¿cómo es el trabajo diario en el conjunto?
Comenzamos a las 7 de la mañana, con técnicos, amigos y colaboradores. Pero no existe sólo la comparsa, sino que está la Revista “Eskándalo” que es un escándalo de dolor de cabeza. Nos juntamos con los grupos de mañana temprano y luego comenzamos a expandir el trabajo. Hay que estar 12 o 13 horas de máquina, cosiendo, bordando, haciendo magia para poder lograr sacar a la calle estos conjuntos que soy muy caros.
Yo hasta el día de hoy sigo cosiendo. También tengo mis ayudantes. Antes estaba solito, ahora contamos con un equipo. Pero a mi edad me parece que es demasiado. Son 13 o 14 horas que estamos trabajando con el equipo, con gente de confianza que está a mi lado.

¿Como vivís esos días previos al desfile de Llamadas o al  debut en el Teatro de Verano?
Es un infierno, porque no te das cuenta y tenés que andar cargando todo y atendiendo a los técnicos de maquillaje, al grupo de puesta en escena, a los jefes de cuerdas de tambores. En fin, tenés un grupo grande y hay que manejarse. A la vez está lo peor de todo, que es que soy director, mando, dirijo. También se dice que soy la figura del carnaval, entonces tengo que echarme ese público encima y tratar de contenerme siempre. Aunque estés cansado, aunque estés agotado, el público no te perdona nada. Nadie sabe que has estado noches enteras para preparar el espectáculo. Y al otro día tenés que estar bailando en la apertura del desfile, en las Llamadas, en el Concurso Oficial de Agrupaciones  y en casi todo el interior de la República, porque estamos en Rivera, en Florida, en Treinta y Tres. Son unos meses tremendamente agotadores. Duermo 3 horas, a veces duermo menos. Dicen que los viejos dormimos poco, pero también se dice que a veces tomamos pastillas para dormir.

¿Qué queda después de febrero una vez que termina el Carnaval?
Después vienen los vacíos, notás que están solo los técnicos y las cuentas, porque ahí viene la hora de pagar. Cuando terminás con algunas cuentas -que casi nunca se termina- empezás con las cuentas de la luz del Club, los impuestos, el mantenimiento de la casa donde se ensaya. Mantenés tu hogar y  mantenés otros hogares con problemas. Ésta comparsa tiene una parte social, donde existe la canasta a fin de año, donde hay un rubro que se deja en invierno para comestibles. Hay muchas cosas que se hacen.  Después vienen los meses en que decís  “qué ganas de ir a  la playa” y hace frío, o pensás “pero qué ganas de irme al interior” y también hace frío y se sufre de presión y no se puede agarrar frío. Ya no disfrutás de nada. Cuando querés acordar empezás a reformar ropa, a prepararte, a juntarte con los técnicos y ya estás en Carnaval de nuevo.

Vos saliste con grandes figuras, ¿cómo ves a las nuevas generaciones?
Las grandes figuras son inigualables, como fue la “Negra Johnson”, Marta Gularte o Rosa Luna. Rosa empezó conmigo y era tan chiquita que dormía en el dobladillo de la sábana. Después  se convirtió en algo así como King Kong. Yo creo que esas fueron las grandes figuras que son imposibles de lograr nuevamente. Pero este año (en “Tronar”) sacamos a las morenas grandes como Bilú y Zulú, para que se vean reflejadas en lo que era la figura de Rosa Luna.
Antiguamente, cuando esto recién comenzaba, había chicas que tenían que hacer 8 horas de limpieza o trabajaban en un cabaret y te decían “me tengo que ir temprano porque tengo un amigo que me espera”. Hoy es distinto. Te dicen “perdón, llego más tarde mañana porque tengo terciario”. Las épocas van cambiando. Ya las chicas tampoco hacen 8 horas ni están limpiando escaleras o casas. Son chicas que están estudiando, están preparadas, logradas. Acá hay gente de todos los estilos, hasta funcionarias policiales. Se ha profesionalizado muchísimo.

Si te dieran a elegir entre un primer premio en el desfile de Llamadas o en el Concurso Oficial, ¿cuál preferirías?
Disfruto de los dos. Me gusta enormemente el Desfile de Llamadas y también el Concurso Oficial,  donde tenés entre 5 y 6 meses de preparación y el que requiere 7, 8 o hasta 10 cambios de vestuario. Te insume una fortuna: gastos de escenografía, de técnicos. Hay técnicos que están costando entre 200 y 300 mil pesos. Sacar una comparsa a la calle requiere 40 o 50 mil dólares. No son 500 pesos como era antes. Y me dirás ¿cómo recaudan ese dinero? La Intendencia no lo cubre, por supuesto. Los premios son irrisorios. Si tenés respetabilidad y personalidad, conseguís sponsors que son los que aguantan esto. Pero esos sponsor se los damos al pueblo. Se dice “van al teatro, ganaron el primer premio, ganaron la llamada”, pero ¿no saben que los premios de las Llamadas y el Desfile son 30 o 40 mil pesos?  ¿No se sabe que a una comparsa lubola por el primer premio le dan 100 mil pesos? No cubrimos los presupuestos. Creo que hacemos todo por el amor a algo que se llama  pueblo. Yo creo que este es el verdadero quehacer del pueblo.


Candombe for export

Estuviste bailando en E.E.U.U. como invitado, ¿cómo fue la vivencia allí?
Estuve en dos oportunidades en New York. Desfilé en la 5º Avenida justo cuando hacían 10 años de  que Uruguay ganara el “Desfile de la hispanidad”. Después fui nuevamente invitado por las colectividades uruguayas en una gira muy extensa, por Miami, New York y fue maravilloso. Recibí muchos premios y  reconocimientos como ciudadano ilustre de las colectividades uruguayas. Tenía que llegar hasta Toronto pero no me dio el tiempo. También hizo un año de la gira de Australia. El Caribe y parte de Europa ya está hecho. Ahora me queda hacer África.

¿Cómo es salir de fronteras, donde el Carnaval tal vez no se vive de la misma forma que acá?
Y es igual, porque te encontrás con aquellos uruguayos que están desde hace mucho tiempo y que tuvieron que decirle adiós al país. Bueno, no adiós, sino “nos vamos y volvemos, regresamos”. Muchos se afincaron ahí, tienen hijos, nietos. Las colectividades son muy grandes en el extranjero, pero los uruguayos sufren mucho. Yo lo sufro cuando voy, al verlos a ellos como sufren cuando ven algo de su tierra. Y entonces se abrazan a mí y encuentran algo de ellos. En los locales donde estuve actuando quedaba gente afuera, entre 200 y 300 personas fuera de los locales. Eran uruguayos, hijos de uruguayos, nietos de uruguayos que están allá. Lo que quiere decir ese amor de las colectividades de nuestro país. Tenemos compatriotas en Europa, en E.E.U.U.  Date cuenta que cuando yo llego me esperaron 80 tamborileros, lo que quiere decir que me acompañaron 25 tambores en la actuación y no llevé ningún tambor de acá.  Tocan y danzan como si estuvieran acá, en su tierra. Ojalá esa gente algún día pueda volver a su tierra.


Una figura a la vuelta de la esquina

En el 2002 la Junta Departamental de Montevideo te dio una placa en reconocimiento a tu trayectoria, ¿cómo vivís esos homenajes?
Para esa ceremonia la Junta Departamental se traslada por primera vez en la historia al Cerrito de la Victoria. Yo creo que fue un homenaje que me merecía, no solamente como artista sino también en la parte social, donde he trabajado mucho. Creo que fue justo y merecido.

¿Sentís el reconocimiento de los vecinos del barrio?
Lo siento permanentemente. Pero como están tan acostumbrados a verme, estoy ahí nomás, y me gusta que así sea. Yo ando de chancletas,  me gusta cruzar a un almacén, comprar mis cositas, andar sin afeitarme. Me gusta andar como todo vecino saludando “¿qué haces?, ¿cómo te va?, chau, adiós”. A veces tengo que encerrarme un poco dentro de la casa porque ya es mucho. La gente pasa, te tocan bocina. Y uno a veces quiere un poquito de intimidad.

¿Tenés relación con las comparsas de la zona?
Si, por supuesto. Me gustaría que ellos se recuperen cada vez más. Pero para hacerlo también se necesitan apoyos económicos. Pero sé que tienen el apoyo del Centro Comunal que siempre está colaborando. Lo fundamental en las agrupaciones barriales es entenderse entre todos. Ahora hay agremiaciones como la Asociación Uruguaya de Candombre (AUDECA) y  Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay (DAECPU) donde se van creando gremios y cada uno opina de una manera. Ahí nos ponemos como Mao Tse-tung, el que tiene el librito tiene la verdad. Lo que tenemos que hacer es informarnos de todo y estar dentro de una sola institución donde abarquemos todos los temas de la cultura. Si empezamos a tirar unos para un lado y otros para el otro, no nos vamos a entender nunca. Pero en cambio si nos juntamos todos, podríamos llegar a un entendimiento total y hablar sobre lo que es el candombe y de lo que es la historia. Yo me siento historiador porque de mis mayores aprendí muchísimo. Fui fundador en “Fantasía negra”, fui componente en “Morenada”, en “Añoranzas negras”. Aprendí cosas de todos, de los pobres negros cubanos, de los guerreros africanos, y esas cosas están acá (señala su cabeza).

¿Y qué es el candombe para vos?
Una vez dijo Romeo Gavioli: “el candombe es de los negros pero gozan los demás”. El candombe es un fin cultural nuestro, porque nació acá. Yo creo que todo lo que se traiga y se diga es todo foráneo. Pero al candombe lo siento como lo nuestro y defiendo esa cultura porque me parece que es representativo.  No nos afilemos por otro lado porque la verdadera veta es el candombe.
 

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